con las manos de la vergüenza.
—Paola —le dije—. Quítate ese vestido verde, es el que usé en la boda de Sofía. Lo agarraste con un seguro, se te nota. Y la maleta roja que tienes en el carro sácala de aquí.
Mateo seguía sentado. No había corrido hacia mí. Con 11 años, frente a veinte personas, se quedó con los puños en las rodillas. Comprendí que estaba asimilando todo. Llevaba nueve días haciendo cuentas matemáticas para demostrar que yo estaba viva. Y de repente, los números cuadraron. Temía que