En Jaca, mi marido firmó sin leer mientras sostenía a nuestra hija enferma y nuestro hijo llevaba las botas rotas. «Tu madre sabe cuidarla», dijo antes de marcharse con Cristina. No lloré: guardé el convenio de divorcio y compré 3 billetes para León. En la carpeta quedaba otra firma que él tampoco recordaba

a llorar.

No lloraba porque echara de menos a Javier.

Lloraba porque durante tanto tiempo había considerado un lujo tener alimentos suficientes y una casa caliente.

Mercedes la encontró minutos después.

—Lucía, ¿te encuentras bien?

Ella asintió.

—Creo que sí. Es que todavía me cuesta creer que no tengo que pedir permiso para comprarle algo a mis hijos.

Mercedes se sentó a su lado.

—Llevas años sobreviviendo. Ahora te toca aprender a vivir.

2 semanas después, Lucía recibió una llamada del instituto donde había solicitado una sustitución.

Necesitaban una profesora