a llorar.
No lloraba porque echara de menos a Javier.
Lloraba porque durante tanto tiempo había considerado un lujo tener alimentos suficientes y una casa caliente.
Mercedes la encontró minutos después.
—Lucía, ¿te encuentras bien?
Ella asintió.
—Creo que sí. Es que todavía me cuesta creer que no tengo que pedir permiso para comprarle algo a mis hijos.
Mercedes se sentó a su lado.
—Llevas años sobreviviendo. Ahora te toca aprender a vivir.
2 semanas después, Lucía recibió una llamada del instituto donde había solicitado una sustitución.
Necesitaban una profesora