protegerlas también significaba hacer las cosas bien. No sé si se lo expliqué a ella o a mí mismo.
A las 7 de la mañana estaba con Jimena Ríos, la abogada que atendía los asuntos familiares de mi empresa. Llevaba una foto de las 3 niñas y los documentos que conservaba del parto. La supuesta autorización para cremar a Lucía tenía mi firma. Se parecía a la mía, pero la letra del segundo apellido estaba trazada como yo jamás la escribía.
—Esto puede ser una falsificación —dijo Jimena—. No basta