No fui a buscar a mi tío esa noche.
Quería hacerlo.
Pero había aprendido en los negocios que una sospecha no se convierte en verdad solo porque duela.
Llamé a Octavio Herrera, el antiguo director financiero de la empresa, que había trabajado con mi padre.
Le pregunté una sola cosa:
—¿Mi madre revisaba las cuentas de Grupo Valdés?
Hubo demasiado silencio.
—¿Quién te dijo?
Esa respuesta me bastó.
Una hora después estaba sentado frente a mí.
Octavio confesó que mi madre había encontrado facturas duplicadas y pagos autorizados por Ramiro.