Volví antes de tiempo y encontré a una niña de 3 años lavando mi camisa. ‘Mamá está enferma, pero no podemos perder el trabajo’, me dijo. Iba a llevarla con su madre cuando empezó a tararear la canción que la mía cantaba antes de morir , hace 27 años. Entonces la niña dijo algo que ningún extraño podía saber kara.

No fui a buscar a mi tío esa noche.

Quería hacerlo.

Pero había aprendido en los negocios que una sospecha no se convierte en verdad solo porque duela.

Llamé a Octavio Herrera, el antiguo director financiero de la empresa, que había trabajado con mi padre.

Le pregunté una sola cosa:

—¿Mi madre revisaba las cuentas de Grupo Valdés?

Hubo demasiado silencio.

—¿Quién te dijo?

Esa respuesta me bastó.

Una hora después estaba sentado frente a mí.

Octavio confesó que mi madre había encontrado facturas duplicadas y pagos autorizados por Ramiro.