No respondí.
—Todo.
—Sí.
—Dios.
Se rio una vez.
Una risa rota.
—Durante cinco años me conté que tú me habías engañado.
—Era más fácil.
—Sí.
—Porque si yo era infiel, tú eras la víctima.
Me miró.
—Y si no…
—Entonces eras un hombre que expulsó a su esposa embarazada de trillizas porque no fue capaz de leer una hoja.
Santiago lloró.
No de manera elegante.
Lloró con la cara entre las manos.
Yo no lo consolé.
No por crueldad.
Porque algunas lágrimas pertenecen a la persona que las llora.