acuerdo.
Santiago no.
Una noche, durante una discusión, Santiago volvió a hacer algo antiguo.
Se cerró.
Dejó de hablar.
Yo lo vi.
—No.
—¿Qué?
—No hagas eso.
—Estoy cansado.
—Puedes estar cansado y seguir presente.
Su mandíbula se tensó.
—No quiero decir algo de lo que me arrepienta.
—Entonces di eso.
Silencio.
—Estoy molesto y necesito veinte minutos.
—Perfecto.
Se fue.
Volvió veintidós minutos después.
—Perdón por dos minutos extra.
Me reí.
Eso era crecimiento.
No dejar de tener defectos.
Aprender qué hacer con ellos.
A los quince años, las