“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos.

lado.

Una noche, mientras los tres cenaban, Sofía levantó la vista de su dibujo.

—Alejandro, tengo una pregunta.

—Dime, princesa.

—¿Cómo se llama un señor que no es tu papá, pero te cuida, viene a tus festivales y sabe jugar a los dinosaurios?

Valeria dejó de comer.

Alejandro se agachó junto a la niña.

—Puedes llamarlo como tú quieras.

Sofía pensó unos segundos.

—¿Puedo decirte papá?

Los ojos de Alejandro se llenaron de lágrimas.

—Si tú quieres, sería un honor.

Sofía lo abrazó.

—Entonces eres mi papá Alejandro. Pero los