“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos.

siguientes, Alejandro empezó a llegar temprano a la obra.

Al principio buscaba cualquier pretexto para acercarse a Valeria. Después dejó de fingir.

Una mañana, incluso intentó ayudarla a cargar bloques.

—Se va a lastimar esas manos de oficina, ingeniero —se burló ella.

—Entonces enséñame.

Valeria soltó una carcajada. Era la primera vez que Alejandro la escuchaba reír.

Poco a poco comenzaron a conversar.

Descubrió que su hija Sofía tenía cuatro años, adoraba los dinosaurios y vivía con ella en un pequeño departamento de Tonalá.

El padre de la niña había