falta subir bolsas, bajar algo o llamar a alguien.
Yo miré a la señora Beltrán.
Ella me miró a mí.
Y Paco, desde su caja, soltó un maullido flojo.
Como diciendo: “Bueno, tampoco exageréis”.
Durante los días siguientes organizamos turnos sin decir que eran turnos.
Yo le daba la medicina por la mañana, con más torpeza que éxito.
La señora Beltrán le hablaba por las tardes.
Don Ernesto se encargaba de que nadie dejara ventanas abiertas en el portal.
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La chica del tercero imprimió un