había interpretado mal muchas cosas, pero seguía sin entender el secreto que mantenía atrapada a aquella familia.
Esa noche esperó a que los niños se acostaran.
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Encontró a Mariana lavando los platos.
—Ya sé quién está arriba —dijo suavemente.
Su nuera cerró la llave del agua.
—¿Entró a su habitación?
—Sí. Y también hablé con Mateo.
Mariana se apoyó contra el fregadero. Parecía incapaz de sostenerse.
—Usted piensa que la encerré para quitarle su departamento, ¿verdad?
Ernesto no respondió.
—Puede denunciarme si quiere —continuó ella—.